Fronteras

 
 
 

Fronteras

   

Me refiero a las líneas

imaginarias o reales,

culturales, geográficas, políticas,

vitales y biológicas.

Me refiero a la borrosa luz del día

en el amanecer o en la hora vespertina,

el momento del sueño acechante

o del despertar doloroso.

A esas me refiero, o a otras cualesquiera,

porque desearía vivir en ese filo,

no ser nítido y poder navegar en sus pliegues

como los surfistas se adentran en el eje

vacío de la ola acristalada del mar.

 

El borde y el límite tienen algunas ventajas:

como casi nadie se asoma

–causan vértigo sus escarpes-

está poco explorado y reserva sorpresas

a quienes se aventuran al equilibrio.

Permiten no ser o serlo todo,

escoger patria o bandera,

himno o canción o lugar,

homogeneidad o heterogeneidad,

ser acérrimo partidario o no serlo en absoluto.

Abruman, en ocasiones,

sus visiones tan extremas y cierta sensación

de vacío alrededor:

ahí nadie se acaba nunca de conocer,

ni nadie se fía del todo de nadie nunca.

Ahí nada es seguro, amistad, amor, odio,

vísceras, cerebro, alma o senso.

Ni siquiera los juramentos.

Y así ocurre, a veces, que las expediciones

fracasan. Hay, incluso, leyendas sobre espíritus

 y pasos perdidos, orates que se juntan

a contar su itinerario sin mapas,

o barcos sin rumbo embarrancados en playas ilimitadas

que forman desmesuradas catedrales de madera.

Un espectáculo sobrecogedor.

 

Que son equívocas, las fronteras,

es harto conocido. Los son tanto

como los placeres de los sentidos

o la inicial excitación del juego.

Al principio desconcierta su percepción

–como el amor no pensado, ese que aparece

inesperado como un accidente-,

porque no son una atracción de feria

–la montaña rusa vertiginosa

o el altísimo mástil de la caída libre,

ambas crean sus expectativas-,

sino una perplejidad difusa, la sensación

de que el peligro o la novedad latente

esperan nuestros pasos. Y toca elegir

o no elegir, ser o dejar de ser,

distinguirse individualizado

o mezclarse con el paisaje hasta desaparecer.

 

Puede que esta querencia por la línea de sombra,

por el viaje o el itinerario –fronteras del origen y del destino-

venga de mi infancia, del amor al oeste,

del trampero que conocía las lenguas de las planicies

–cheroqui, navajo, dakota- y era más indio que blanco,

un rostro pálido con corazón de piel roja,

ambas cosas y cada una de ellas y ninguna,

sólo un niño jugando, recreando el mundo

y la historia y la verdad y la frontera.

Y puede también que ahora parezca asentado,

quieto, sosegado, doméstico –y lo soy todo y cada uno y ninguno-,

pero cada día, creedme, escudriño las fronteras

y olfateo el rastro de los bisontes entre las palabras.
 
 
[J. M. W. Turner. Hero y Leandro. Dominio público.]
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