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Érato


Ode ad florem Auri 




Si con mi plectro raso

al cual, aunque las musas se empeñaran,

mi entendimiento escaso

no quiso le enseñaran,

mi llanto y tus tormentas escamparan,




Érato, la amorosa,

cuya es la égida de mis desvelos,

subiría gustosa

su virtud a los cielos,

mas soy yo quien dirime estos anhelos.







Por ti no hubo reparo

en romper compromisos adquiridos

con resuelto descaro;

los placeres prohibidos

algún tiempo nos tuvieron unidos,



pero pronto cayeron

en la cruel rutina de lo imposible;

los desencuentros fueron

haciéndote insensible

y convirtiéndome en un ser risible.



Por ti las tardes serias

mostraron su veleidad a raudales,

mis secretas miserias

perdieron sus modales,

los devaneos se hicieron banales;



por ti, mi flor dorada,

me así a las esperanzas más pueriles

creyendo sustentada,

en mis horas febriles,

nuestra amistad con mimbres tan sutiles.


 


Hablo de mí tan solo,

quien quiere ver la Lira en la mañana

como si ya del Polo

estuviera cercana,

pues dicen que el tiempo todo lo sana.




Si alguna vez amaste,

como estás, para mí, tan interpuesta,

tal vez , por mí, escapaste;

así lo manifiesta

de cerca esta distancia tan funesta;



y, cuanto más querida,

más extraña se pone tu mirada,

pues sola en tu guarida,

de la mía guardada,

obligas a mi voz a estar callada.



De tus brunos cabellos

terminé por ser el cantor perfecto:

aunque nunca por ellos

sentiste un gran afecto,

notaste en mí de su roce el efecto.



Arrancarla era duro

pero tu sonrisa, una vez mostrada,

como el mismo oro puro

parecía formada:

tan escasa y preciosa, tan buscada.



Te complacía tanto

provocar públicamente mis celos,

subrayando tu encanto

con vestidos y velos

y arrastrar mi dignidad por los suelos.



Mira a Andrómeda, atada,

tan pagada de su gran belleza,

por un monstruo ultrajada,

perdida su entereza

¿tú crees que merecía tal bajeza?


 


De Níobe, el orgullo,

de Pasífae, la loca lujuria,

de Medea el arrullo…,

no olvides la penuria

con que los dioses calmaron su furia.




Me pregunto, impaciente: 
 
¿cómo se pierde lo que no se tuvo?;

¿es ser estar ausente?;

¿cuenta lo que no hubo? ;

¿te puede abandonar quien nunca estuvo?



Tras el dolor, contemplo

en silencio el solitario camino,

no busco dar ejemplo

ni parecer cansino,

tan solo quiero asumir mi destino.



Entre la niebla densa

mis peores temores se cumplieron:

la soledad, inmensa,

mis amigos se fueron;

las dádivas y regalos hicieron



más profunda mi ruina;

pero incluso sin hogar ni dinero,

mendigo en una esquina,

si debo ser sincero,

por tu Amor vendería el mundo entero.



Tu recuerdo me hiere

tanto como reanima los latidos

de un corazón que muere

sin los años cumplidos

mas todos errores cometidos.



Porque el sol te delata

encontrando un amor más excitante,

esa vista me mata

como a Hefesto forjante

al hallar a Afrodita con su amante.



Con lo mucho que muestras,

más cuando el estío todo lo inflama,

y lo poco que prestas,

es normal que la llama

que abrasa mi amor no agote tu fama.



Como tu nombre, a hierro,

has ido matando mis esperanzas

y les doy digno entierro

abriendo estas estanzas

para hacer luto y devolver fïanzas.



[Imágenes:  
Edward John Poynter: Erato. Tomado de Art Blog;
Johannes Hevelius: Tavola I: Lyra, en Firmamentum Sobiescianum, sive uranographia. Dominio público.
Abraham Bloemaert: Níobe lamentando la muerte de sus hijos. Dominio público;
Sandro Botticelli: Venere e Marte. Dominio público.]





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